La planilla quedó abierta sobre la mesa del café, al lado de una taza con el borde manchado y un pan partido a medias. Nadie necesitaba más decoración. Bastaba mirar esa hoja para entender el teatro chico que se armó arriba: una palabra linda, varios porcentajes movidos y una cara seria pidiendo confianza como si la confianza viniera en el mismo sobre. Tam Bufón la mira como quien mira un sello mal puesto. Si van a tocar algo de verdad, que muestren la pega completa, el antes, el después y el costo real. Si no, el país anda vendiendo gato por liebre con corbata, y encima quiere aplauso por la prolijidad.
Lo que molesta no es que cambien cosas. Lo que molesta es que cambien cosas sin mostrar por qué, para quién y con qué respaldo, como si la palabra “mejorar” alcanzara para tapar la costura.
Ahí está la primera trampa. Para el empresariado, el ajuste viene con explicación suave, casi con guante blanco. Para los beneficios sociales, la rebaja aparece con palabras de mejora, como si cambiar la etiqueta alcanzara para llenar la despensa. Tam Bufón se acuerda de esas reuniones donde alguien mueve una cifra en la pizarra y todos tienen que asentir, aunque el turno siga igual de largo y el bolsillo siga igual de flaco. La planilla sonríe sola, pero afuera la fila no aplaude. La fila mira el arriendo, la colación, el remedio, y sabe más que cualquier vocero con voz de oficina.
Bro Mas, sentado al borde de la banca como quien espera un cambio que no llega, lo diría sin adornos: si vas a tocar algo, muestra el entrenamiento, la razón y qué resultado esperas. Si no hay datos, no hay mejora; hay movida nomás. Y una movida sin respaldo se parece mucho a ese amigo que promete aparecer el domingo y el lunes ya está firmando de nuevo.
Mucha conversa, poca cuenta corta. Igual hay algo ahí: cuando una decisión viene peinada y el papel no trae respaldo, el olor a humo entra solo. No hace falta ser experto para notar que el cuento viene más limpio por fuera que por dentro.
El problema está en el encuadre. No basta con decir que una medida mejora si no enseñas dónde mejora, a quién le mejora y quién se queda mirando la puerta cerrada. En este país ya conocemos esa movida vieja: arriba ponen una palabra redonda, abajo aprietan la tuerca y después llaman a eso responsabilidad. Muy limpio el documento, muy sucia la consecuencia. Como desfile dentro de un ascensor, puro ruido de chaqueta y poco espacio para respirar. Y al final, los que esperan alivio terminan haciendo la misma fila con otra excusa encima. El país puede cambiar porcentajes todo el día. La boleta, no tanto.
Por eso la sospecha no nace de mala voluntad, nace de experiencia. Uno ve el sello torcido, la frase larga, el gráfico bonito y entiende que a veces no están corrigiendo nada, solo cambian el envoltorio para que el golpe parezca ordenado. Tam Bufón no compra esa ceremonia. Si van a recortar, que muestren números, riesgo, resultado y quién puso la espalda. Si no, es puro maquillaje de planilla, y el que hace la compra sigue llegando con la bolsa más liviana. Era chiste hasta que dolió.
Ultima picadura
Si el ajuste viene sin respaldo, no es mejora: es una movida con corbata y vuelto corto.
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"La camiseta queda colgando como una promesa con etiqueta grande, mientras el cabro la mira desde abajo, igual que quien mira una pelota pinchada antes del recreo."
Hincha Pelota
Tam Bufón
Bro Mas
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