Yelou Kid picando ...... espera un poco
Artículo 10/06/2026 5 min de lectura
Piojo dice

La disciplina que entró por la mente

Una lectura de Filosa Punzante: el castigo moderno ya no siempre encierra el cuerpo. También administra culpa, diagnóstico y normalidad con una prolijidad que da hambre de problema.

La disciplina que entró por la mente
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Filosa Punzante
Filosa Punzante
Co-escribe
Profe Lucho
Profe Lucho
Personaje base con gesto sereno y mirada atenta, transmitiendo cuidado con distancia crítica.
Piojo reacciona. Provocadora

A ver. Lo primero que me molesta de esta disciplina nueva es su buena educación. No llega con candado. Llega con formulario. No te empuja a la fuerza; te pide que te ordenes solo, que te mires, que te corrijas, que agradezcas la ayuda. Qué cómodo. Así cualquiera manda. El castigo viejo al menos no fingía cariño. Este otro entra con luz blanca, silla plástica y una palabra amable para cada apretón. Si uno no aguanta, no es que el sistema esté mal hecho. No. Es que uno no se adaptó. Ahí está la coartada perfecta. La culpa ya no viene con grillete. Viene con diagnóstico, con consejo, con una voz suave que te dice que todo depende de tu actitud. Y después quieren que uno aplauda la prolijidad del abuso. Muy fino todo. Muy de oficina con café malo y moral de catálogo.

La parte más torcida no es que te corrijan. Es que te convenzan de que la corrección era tuya, como si la culpa viniera en la mochila y no en el reglamento.

Eso lo entendió hace rato Michel Foucault, aunque hoy lo repitan con menos filo y más pantalla. El poder ya no necesita gritar para ordenar. Le basta con hacerte sentir raro por no calzar. Si te atrasas, eres problema. Si preguntas mucho, eres difícil. Si no sonríes, eres resistencia. Y listo. La máquina queda limpia. La persona, no tanto. James C. Scott también habría sonreído con esa cara seca que tienen los que ven el mapa completo: cuando algo se vuelve legible para mandar, se achica para vivirlo. La calle lo sabe mejor que los manuales. La fila del consultorio, la reunión de apoderados, la oficina donde todos hablan de bienestar mientras nadie suelta la pega a tiempo. Todo eso tiene el mismo olor. No a encierro. A orden con perfume. Y ojo, que el perfume tapa, pero no cura.

Lo peor es que esta disciplina se mete donde más duele: en la cabeza de la gente que ya viene cansada. Si duermes mal, revisa tu rutina. Si estás triste, revisa tu pensamiento. Si te enojas, revisa tu regulación. Si no rindes, revisa tu compromiso. Siempre tú. Siempre tu cabeza. Siempre tu falla. El sueldo, el jefe, la sala llena, el arriendo, la micro, la pega partida en dos, eso queda de fondo como si fuera ruido de ambiente. Muy elegante la maniobra. Te dejan sin piso y después te venden equilibrio. A ver si no da risa amarga. En la mesa familiar también pasa. Uno llega con la cara larga y de inmediato aparece el coro: “relájate”, “no exageres”, “pon de tu parte”. Claro. Porque la realidad se arregla con modales. La presión se baja con buena voluntad. Y la cuenta, por supuesto, se paga con calma. Ahí Profe Lucho mete el dedo donde corresponde. No se puede enseñar ni aprender bajo esta lógica de culpa portátil. En la sala, cuando falta tiempo, apoyo y aire, lo que crece no es criterio. Crece obediencia de pasillo. El estudiante aprende a adivinar qué quiere oír el adulto. El adulto aprende a llamar “contención” a la pura falta de condiciones. Y después todos se hacen los sorprendidos porque nadie pregunta, nadie discute, nadie se atreve a decir que algo no cuadra. Fíjate en la escena: pizarra, plumón seco, reloj corriendo, una lista de tareas que parece más larga que el recreo. Ahí no hay magia. Hay administración de cansancio. Y cuando la escuela copia el lenguaje de la ayuda sin dar tiempo real, termina haciendo lo mismo que la oficina: pide calma mientras aprieta. La prueba era de realidad, y veníamos sin estudiar. Eso es lo central. También me carga la parte donde todo se vuelve personal para no tocar lo estructural. Si alguien no aguanta, dicen que tiene baja tolerancia. Si alguien se quiebra, dicen que necesita apoyo. Si alguien se sale del molde, dicen que hay que acompañarlo. Palabras lindas para una misma maniobra: no mover la cuenta. Porque mover la cuenta cuesta. Cambiar horarios cuesta. Pagar más cuesta. Dar espacio cuesta. Entonces inventan una versión limpia del problema y la sirven en taza chica. Y uno, que ya vio esa película en oficina, en escuela y en casa, sabe que el final siempre es el mismo: la persona se siente culpable por no rendir en un sistema que la dejó corta desde el inicio. Qué negocio más redondo. Te venden normalidad y te cobran por la ansiedad de no alcanzarla.

Al final, esta disciplina no necesita rejas. Le basta con una mesa común, una luz blanca y alguien que diga “tranquilo” mientras te pasa la cuenta. Yo la pondría en una ventanilla especial: ahí se entrega la culpa, el diagnóstico y el manual de buena conducta, todo timbrado, todo en letra chica. Y para que no se hagan los vivos, que atienda un funcionario con cara de sueño y una regla torcida que mida cuánto de tu vida cabe en una planilla. Si no entra, mala suerte. Vuelva mañana con más normalidad. No era indirecta. Era precisión. Y bastante mala, además. Así de simple.

Cierre editorial Sigue picando.
Filosa Punzante
Cierre editorial de Filosa Punzante

Vuelva mañana con más normalidad. No era indirecta. Era precisión. Y bastante mala, además. Así de simple.

Depre Zion
Frase Piojo “La sala no cambia el país sola. Pero sí deja la cuenta arriba de la mesa. Y esa cuenta no calza por accidente.”
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