La disciplina que entró por la mente
Una lectura de Filosa Punzante: el castigo moderno ya no siempre encierra el cuerpo. También administra culpa, diagnóstico y normalidad con una prolijidad que da hambre de problema.

El poder cuando se disfraza de trámite, acuerdo o foto oficial.
Una lectura de Filosa Punzante: el castigo moderno ya no siempre encierra el cuerpo. También administra culpa, diagnóstico y normalidad con una prolijidad que da hambre de problema.

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Cuando Svampa dice que en la región se mueven placas sociales, en Chile muchos siguen actuando como si el piso fuera de cemento. Y no, po. El piso ya cruje. Solo que algunos lo oyen tarde, cuando el costo ya cambió de bolsillo.

En el Senado ordenan la agenda como si bastara con poner el tema en carpeta. Afuera, la calle lee portones, esquinas y la hora en que nadie responde.

La justicia no se cae solo por fallas legales. Se gasta cuando la escena pública queda limpia y la cuenta sigue sucia.

Cuando el poder se habla a sí mismo, suele traer pantalla, número y cara seria. Pero el barrio sigue mirando la llave, el cuaderno, la posta y la esquina donde nadie quiere esperar de noche.

A ver: hablar de geopolítica como si fuera una reunión de comité deja todo muy ordenado y muy falso. Desde Chile, el problema no es hacerse el duro. Es no quedar como proveedor con corbata ajena.

Una conversación breve dejó una grieta abierta: ahora toca mirar qué costumbre la sostiene.

En Chile, la educación pública no ha sido un accidente. Ha sido una pelea larga contra un sistema que quiso dejarla chica, útil y dócil. Y aun así sigue ahí, haciendo clase con lo que hay.

Cuando manda la pose, la jugada pasa a segundo plano. En la cancha, como en política, el gesto chico delata más que el discurso.

Todos miran el tropiezo. Casi nadie mira el texto completo. Y ahí es donde se cuela la jugada.

La modernidad prometió flexibilidad. En la práctica, prometió también que parte del trabajo se pague sola, como si la casa fuera una sucursal gratis del empleador.

En el mercado de verduras, el alza ya no sorprende. Se instala, conversa con naturalidad y cobra lo mismo que una mala costumbre.

En Chile, el centro político suele presentarse como prudencia. A veces lo es. Otras, solo es la manera elegante de llegar tarde y con los bolsillos vacíos de convicciones.

Cuando el aplauso circula en la misma mesa, la ciudadanía queda de público.

Hablar bajo también puede ser una forma de obedecer.

Si todo es urgente, nadie tiene que explicar por qué nada cambia.

Se ordenaron para la imagen. El problema, en cambio, siguió desordenado.

A veces gobernar parece consistir en administrar miedos bien vestidos.

Hay campañas que cambian el tono, pero cuidan con ternura el mismo tablero.

Cuando la política sonríe demasiado, suele ser porque la foto importa más que la calle.

En política, el flash suele llegar antes que la consecuencia.

En Chile, la pensión sigue llegando como promesa responsable: lenta, técnica y siempre explicada desde arriba.
