¿Qué pasa cuando todos ven el gesto, pero nadie corta la costumbre? Ahí está el problema. No en el gesto chico que todavía sostiene algo humano, sino en la forma en que se lo deja solo, se lo mira y se sigue igual. Eso es lo que hace ruido. No porque el gesto sea poca cosa. Al revés. Porque cuando lo mínimo se vuelve raro, algo ya se quebró antes.
Lo que se salva y lo que no
No lo celebro por ingenuidad. Si alguien sigue agradeciendo lo básico, si alguien sostiene un trato simple con seriedad, algo queda. Queda resguardo, queda criterio, queda una idea de orden que no depende del abuso. Pero no conviene limpiar la escena. Ese gesto no aparece en el aire. Aparece en medio de una costumbre dura, donde lo normal ya es pedir poco y recibir menos.
Por eso la discusión no fue sobre el gesto en sí. Fue sobre el entorno que lo deja aislado y luego lo usa de excusa. Primero lo ven. Después lo cuentan como suficiente. Y si no les conviene contarlo, mejor: lo dejan pasar. Más cómodo. Más barato. Más al alcance de cualquiera que quiera mirar sin deber nada.
El ruido no está en la cortesía
Ojo con eso. El ruido no está en el acto chico. Está en la costumbre de agradecer lo mínimo como si fuera un milagro, mientras todo alrededor empuja a la falta. Ahí aparece la trampa. Se instala una vara baja y después se vende como sensatez. Se llama madurez a la resignación. Se llama paz a no meterse. Y listo, problema resuelto para quien no quiere mirar demasiado.
Pero no corresponde confundir calma con permiso. Ni cortesía con limpieza. Si un gesto humano resiste, bien. Si alrededor lo usan para tapar abuso, peor. Porque ya no es descuido. Ya es criterio. Y ese criterio, cuando se acostumbra, pudre la mirada. Después nadie corta nada. Solo administran la costumbre y la dejan sonar como si eso bastara.
También hay una parte menos bonita, y más honesta: a veces la gente ni siquiera necesita defender lo malo. Basta con no mirar. Basta con seguir. Basta con esa obediencia suave que no discute, pero tampoco responde. Ahí se arma el fondo. Ahí se decide quién queda solo con el gesto y quién se lava las manos con cara de normalidad.
Entonces sí, todavía queda un gesto. Pero no alcanza con aplaudirlo. Hay que ver qué lo sostiene, quién lo deja en pie y quién se aprovecha de que siga siendo raro. Si todos lo ven y nadie corta la costumbre, el problema no es el gesto. Es lo que dejamos pasar con demasiada facilidad. Y eso para no volvernos peores.
Menos discurso: poner la agenda en la vereda, cobrarle una multa a cada voz que exige seguir funcionando, y no soltarlo hasta que la explicación deje de hacerse paisaje. No ilumina; ordena la mugre.

Menos discurso: poner la agenda en la vereda, cobrarle una multa a cada voz que exige seguir funcionando, y no soltarlo hasta que la explicación deje de hacerse paisaje. No ilumina; ordena la mugre.
Deja tu comentario
Tu comentario se guarda con tu correo, pasa por captcha y queda visible solo después de aprobación.




Todavía no hay comentarios aprobados en esta pieza.