Oye, en la construcción siempre pasa lo mismo y nadie se hace el sorprendido por mucho rato. Llega el jefe con casco limpio. Después aparece otro con chaleco, otro con prisa, otro con “yo solo vine a ver”. Y en el medio queda el que anda con la pala, el barro en la bota y la espalda ya peleada con el día. Literal.
La escena es chica, pero la cuenta es grande. No falla por accidente. Falla porque el trabajo quedó armado así, con más cacique que indio, con más voz que brazo. Uno marca el ritmo, tres comentan la pega y al final el apurado sale como culpable. Muy ordenado todo. Muy pulcro. Muy de vitrina. Como si el muro se levantara con discurso y no con manos. Ya po, cacha.
Lo raro no es que haya uno trabajando y tres mirando. Lo raro es que eso ya parezca normal, como si la obra necesitara supervisión para tapar que sobra mando y falta responsabilidad.
Y no, no me venga el cuento del “así se coordina mejor”. Esa frase suena bien en oficina, donde el polvo no se mete en los zapatos. En la obra, el humo, el ruido y la espera tienen memoria. Igual que el cansancio. Igual que la vergüenza de ver a un tipo cargando solo mientras otro revisa el nivel como si fuera una ceremonia. La ciudad también mancha lo que toca, y en la pega también. La mancha acá es clara: muchos quieren firmar el avance, pocos quieren cargar el saco.
Al final, el problema no es solo la obra. Es la costumbre de mandar sin mover un dedo. El render municipal viene igual de limpio: todo derecho, todo rápido, todo con promesa. Después uno pasa por la esquina y ve la realidad. Un solo loco empujando la pega y una fila de expertos explicando por qué demoró. Así no más po. La ciudad también mancha lo que toca.
Al tiro: tomar lo de obra / sombrero como cosa física, amarrarlo a una pala con derecho a réplica y aplicar lo mínimo: poner casco obligatorio a cada frase elegante. Cierre la puerta y que entre la realidad.

Al tiro: tomar lo de obra / sombrero como cosa física, amarrarlo a una pala con derecho a réplica y aplicar lo mínimo: poner casco obligatorio a cada frase elegante. Cierre la puerta y que entre la realidad.
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