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Alameda cerrada para la
foto, abierta para la
molestia

Cuando los estudiantes toman la calle, el gobierno mira el reloj y los medios miran la pared. Después venden calma. Qué oficio más fino: tapar ruido con encuadre.

Alameda cerrada para la foto, abierta para la molestia
Creada por Filosa Punzante Filosa Punzante

A ver. Hay días en que la ciudad amanece con el mismo gesto tenso de una oficina donde nadie quiere hacerse cargo. Hoy fue uno de esos. La Alameda llena de estudiantes de escuelas públicas no apareció por arte de buena conducta. Apareció porque alguien decidió que la paciencia también se agota, aunque desde arriba sigan hablando de orden como si el orden fuera una alfombra y no una deuda.

Lo primero que irrita no es la marcha. Es el cuento que la rodea. El gobierno mira la protesta como si fuera un error de agenda, algo que se puede empujar a un rincón con una declaración bien peinada. Y los medios, tan aplicados, sacan su ciudad tranquila, su ciudad en paz, su ciudad lavada. Un poco más y la Alameda quedaba convertida en una postal sin gente, que es justo el sueño de quienes creen que la convivencia se arregla borrando a los que molestan.

La ciudad no estaba tranquila. Estaba contenida a la fuerza. Y la diferencia no es menor. Una cosa es paz. Otra cosa es que te barran la molestia para que no se note la grieta.

Ahí está el corte. No en los gritos, sino en la puesta en escena. El poder ama esa escena donde todo parece bajo control, aunque el control sea puro maquillaje. Se nota en la cara de los voceros, en el tono de los noticieros, en esa forma tan elegante de decir “normalidad” cuando el problema sigue parado en la mitad de la calle. No es indirecta. Es precisión. El mensaje es simple: si no lo mostramos, no existe. Y si existe, lo reducimos a desorden. Así de barato. Así de cómodo.

Pero la ciudad sí habló. Habló en los pies de esos estudiantes, en los paraderos atrasados, en los permisos apurados, en los autos dando la vuelta como si el tránsito fuera un derecho natural y no un pacto frágil. Habló en la cara del apoderado que mira la tele y entiende rápido que la versión oficial siempre llega con olor a barniz. Porque cuando un niño o una niña sale a la Alameda, no sale a hacer turismo cívico. Sale porque la escuela pública sigue cargando promesas, cansancio y una lista larga de cuentas mal hechas. A ver si eso también cabe en la foto limpia del noticiero.

Y aquí viene la parte más ridícula: pedirle a la ciudadanía que se quede tranquila mientras la tratan como ruido de fondo. Es una coartada vieja, pero la siguen usando con una seriedad casi administrativa. Primero desprecian. Después se sorprenden. Después llaman a la calma. Y al final quieren aplauso por no haber empeorado más la cosa. Qué generosidad. Qué clase de gesto tan elegante para una mesa donde nadie pagó la cuenta completa.

Lo más molesto es que esto ya tiene memoria. No es un día aislado, ni una escena rara. Es un patrón. Se administra el malestar como si fuera trámite. Se mira la protesta como si fuera una falla de circulación, no una respuesta. Se habla de diálogo cuando ya se eligió no escuchar. Y entonces la calle hace lo que muchas oficinas no soportan: muestra la verdad sin pedir permiso. No arregla nada sola. Pero obliga a mirar donde conviene no mirar.

Al final, la Alameda no quedó tranquila. Quedó expuesta. Y eso es peor para quien vive de vender orden sin hacerse cargo del desorden que fabrica. La ciudad no se calma con cámaras bien puestas. Se calma cuando dejan de tratar a la gente como adorno o estorbo. Mientras tanto, seguirán mostrando paz con la misma cara con que esconden la grieta. No era indirecta. Era precisión.

Se arregla por donde duele: menos panel y más objeto ridículo: un trípode de vereda. Su única pega: poner al micrófono a escuchar antes de perseguir ruido. Lo demás es maquillaje con complejo de solución.

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Ultima picadura

Se arregla por donde duele: menos panel y más objeto ridículo: un trípode de vereda. Su única pega: poner al micrófono a escuchar antes de perseguir ruido. Lo demás es maquillaje con complejo de solución.

Paya Solo

"La rima no arregla, pero deja marca: en Grecia, el semáforo le regaló espera al auto y le robó segundos al malabarista."

Paya Solo
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