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Cuando el colegio ya no
alcanza a contener

La violencia en las escuelas no se arregla con discursos de pasillo. Menos cuando el presupuesto es corto, la formación es débil y la respuesta llega tarde.

Cuando el colegio ya no alcanza a contener
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A ver, lo primero es decirlo sin vueltas: si un alumno llega con armas al colegio y además hay señales de problemas psicológicos, acá no estamos frente a una anécdota rara para rellenar matinal. Estamos frente a una falla seria. Y no, no basta con poner cara de preocupación, hacer una reunión y pedir calma. La calma, sola, no detiene nada. La pregunta dura es otra: qué colegio tenemos hoy para detectar, contener y actuar antes de que el asunto se desborde.

La escena ya no es la misma de antes. Cambió la forma del miedo. Cambió la forma de la rabia. Cambió la forma en que algunos chicos entran al curso con una carga que nadie vio o nadie quiso mirar. Hay colegios donde el equipo de convivencia hace milagros con dos personas, un formulario viejo y cero horas para respirar. Hay otros donde la respuesta institucional todavía se parece a un reto, un papel y una llamada a casa. Eso no es prevención. Eso es llegar después y fingir que se hizo algo.

Habilidades de contención no significa enseñar a un profesor a ser guardia, ni a la inspectora a hacer de psicóloga, ni al orientador a operar como bombero de turno. Significa que el sistema escolar debe saber leer señales, bajar pulsaciones, activar redes y poner límites sin humillar. Pero para eso hay que invertir. Qué sorpresa, ¿no? En Chile siempre aparece plata para el control, pero cuesta una vida encontrarla para la formación, para el equipo humano, para el trabajo con familias, para la salud mental en serio.

Y aquí entra el detalle incómodo. En colegios de barrios altos, muchas veces hay más acceso a apoyo, a psicólogos, a redes privadas, a derivaciones rápidas y a una comunidad que puede pagar el pánico con recursos. En barrios bajos, en cambio, el colegio suele cargar con más violencia social, más precariedad, más ausencias, más hacinamiento y menos profesionales. Entonces después nos hacemos los sorprendidos cuando el problema explota donde ya venía apretando hace rato. No es magia. Es desigualdad escolar con nombre y apellido.

También hay una costumbre bien cómoda: tratar el tema como si fuera solo un caso individual. Como si el alumno fuera un monstruo aislado y el resto del sistema estuviera impecable. Así se evita hablar de lo que de verdad incomoda. Salud mental abandonada. Detección tardía. Familias sin apoyo. Colegios sin herramientas. Docentes agotados. Protocolos que se escriben para la foto. Y una idea bastante vieja, por cierto: que el colegio debe educar, pero no tanto; cuidar, pero no mucho; prevenir, pero con lo que haya.

Mira el cuadro completo y da rabia por lo simple que es. Si un establecimiento no tiene equipos estables, si la convivencia escolar se arma con presupuesto chico, si el profesor jefe anda apagando incendios emocionales sin respaldo y si además la escuela se piensa como empresa que debe rendir, entonces la seguridad queda como otra promesa bien hablada y mal pagada. Después salen los mismos a pedir mano dura, como si el problema fuera solo castigo. Claro, castigar siempre es más barato que cuidar. Y más útil para la foto.

El punto no es negar el miedo. El punto es dejar de administrarlo como si fuera un accidente aislado. Cuando una escuela no puede contener, el daño se reparte entre todos: al curso, al profe, a la familia, al barrio, a la confianza mínima de entrar al día siguiente. Y ahí ya no sirve el discurso del mérito ni el cuento de que todos parten igual. No parten igual. No llegan igual. No caen en el mismo lugar. Igual hay algo ahí… ¿o no?

Cero pose, peso real: instalar una pizarra con memoria sobre la pizarra; cada vez que alguien ordene el cuento bonito, se aplica esto: ponerla a cargar mochilas hasta que entienda el peso. Si no puede, baja peso y sube vergüenza.

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Cero pose, peso real: instalar una pizarra con memoria sobre la pizarra; cada vez que alguien ordene el cuento bonito, se aplica esto: ponerla a cargar mochilas hasta que entienda el peso. Si no puede, baja peso y sube vergüenza.

Callejo Dido

"Si van a mojar reporteros, que sea para avisar bien y no para inflar la pena. Esa es la cuenta."

Callejo Dido
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