La república del gesto útil
Hay días en que la política parece una ceremonia de manos apretadas, corbatas dóciles y frases que suenan responsables. Todo parece correcto. Todo parece institucional. Todo parece demasiado ordenado para la cantidad de rabia que circula afuera.
Se habla de estabilidad como si fuera una virtud en sí misma. Pero a veces la estabilidad no es otra cosa que la administración elegante de un problema que nadie quiere tocar demasiado. Se pospone el conflicto, se barniza el desacuerdo y se vende la prudencia como si fuera profundidad.
El acuerdo como escenografía
El problema no es que haya acuerdos. El problema es cuando el acuerdo deja de ser una herramienta para convertirse en un refugio. Un pacto para no mover la mesa. Una manera fina de no incomodar a quienes ya están cómodos.
Cuando todos se entienden demasiado rápido, conviene mirar quién quedó fuera de la conversación.
La política institucional chilena aprendió hace tiempo que la moderación luce bien en televisión. Hablar bajo, prometer gradualidad, repetir que no hay espacio para aventuras. Todo eso tranquiliza. Y lo que tranquiliza también disciplina.
Hay algo casi litúrgico en esa defensa del centro, incluso cuando el centro ya no es un lugar sino una excusa. Se invoca la responsabilidad como si cualquier intensidad fuera una amenaza. Se llama realismo a la resignación y se llama gobernabilidad a la costumbre de no tocar ciertos intereses.
El resultado es extraño: mientras el lenguaje político se vuelve más sobrio, la experiencia social se vuelve más áspera. Más deuda, más cansancio, más sospecha. Pero la escenografía permanece impecable. Nadie corre. Nadie grita. Nadie admite que el salón está oliendo a encierro.
Tal vez por eso la foto del acuerdo produce una mezcla rara de alivio y fatiga. Alivio, porque promete calma. Fatiga, porque ya conocemos la letra chica de esa calma. El acuerdo de pasillo rara vez baja al almacén, al paradero o al fin de mes. Se queda donde nació: cerca del micrófono, lejos del apuro.
Y mientras tanto el país mira la escena como quien ve una obra repetida. Cambian los rostros. Cambia la escenografía. Cambia el vocabulario. Pero el libreto insiste. La política promete hacerse cargo. La realidad se limita a cobrar.
La medida práctica es fea y sirve: poner el discurso en la vereda, ponerle una boleta vencida debajo del vaso, y no soltarlo hasta que la foto oficial deje de hacerse paisaje. Si reclama, que muestre pruebas y no sonrisa.

La medida práctica es fea y sirve: poner el discurso en la vereda, ponerle una boleta vencida debajo del vaso, y no soltarlo hasta que la foto oficial deje de hacerse paisaje. Si reclama, que muestre pruebas y no sonrisa.
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