La ceremonia de la madurez
Se sientan. Sonríen. Se estrechan la mano con una delicadeza casi litúrgica. La escena promete altura republicana, diálogo y una adultez que, curiosamente, suele aparecer justo cuando las encuestas comienzan a jadear. La fotografía viaja más rápido que la medida. Y eso ya es una pista.
Porque el acuerdo político, en su versión más publicitaria, no necesita resolver mucho. Necesita parecer responsable. Necesita emitir una señal. Necesita regalar la sensación de que alguien, en alguna sala, todavía tiene el control de algo. Aunque ese algo sea apenas la pose.
La coreografía del consenso
Hay consensos que nacen del diagnóstico común. Y hay otros que nacen del miedo compartido. Miedo al descrédito, a la fuga de apoyos, al titular indócil, al desorden que no se puede administrar con vocerías. En esos momentos, la unidad deja de ser virtud y se vuelve blindaje.
La ironía está en que el lenguaje del acuerdo siempre llega perfumado: estabilidad, gobernabilidad, responsabilidad, mirada de Estado. Nadie habla del pequeño detalle de quién paga la cuenta cuando la armonía se firma desde arriba y se implementa hacia abajo. La ciudadanía suele enterarse por la vía menos elegante: el trámite, la espera, el ajuste.
La política ama la foto porque la foto no contradice. Solo posa.
La escena se repite con admirable disciplina. Primero se dramatiza la fractura. Luego se celebra el acercamiento. Después se administra la decepción en cuotas. El ciudadano, mientras tanto, observa desde la galería como quien ve a un elenco pelear en el escenario y abrazarse en camarines.
Tal vez por eso la imagen del acuerdo conmueve menos de lo que pretende. No porque la gente desprecie el diálogo, sino porque aprendió a reconocer cuándo el gesto busca resolver y cuándo solo busca enfriar el ruido. Un acuerdo verdadero cambia algo. Una buena foto, en cambio, cambia apenas la temperatura del día.
Y ahí queda la postal: impecable, serena, institucional. La pregunta incómoda viene después. ¿Qué parte del país mejoró y qué parte simplemente fue invitada a aplaudir la escenografía?

Una buena foto institucional puede enfriar el ruido del día, pero rara vez resuelve lo que la calle todavía sigue pagando.
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