Fíjate en el gesto. Alguien se equivoca en público y, de inmediato, medio país se pone fino para corregirlo. La frase mal dicha ocupa pantalla, panel y sobremesa. El decreto, en cambio, pasa callado. Y así, sin tanto ruido, es como más le gusta moverse.
Hay un cuadro bien conocido. Un ministro suelta una palabra torpe, un diputado hace cara, un matinal repite el corte, y la conversación queda clavada en el tropiezo. Parece debate. No lo es. Es circo con horario fijo. Mientras todos discuten la forma, nadie revisa el fondo. Mientras todos se ríen de la torpeza, la letra chica ya hizo su recorrido.
Los medios aman esa escena. Es rápida, barata y da material. No exige leer mucho. Basta un gesto, una mueca, una frase mal puesta. El problema es que esa maniobra tiene premio. La atención se va al error menor y deja pasar la decisión grande. Después nos preguntamos por qué nadie vio venir el recorte, el cambio o la pasada. Mira qué cómodo resulta indignarse con la boca ajena y descansar la vista del papel.
La ciudadanía queda como público obligado. Aplaude, funa, comenta, corrige. Todo eso sirve para descargar. Pero no siempre sirve para entender. Y ahí está el negocio: una sociedad entretenida con el tropiezo acepta mejor el movimiento del edificio por detrás. No porque sea tonta. Porque la tienen mirando donde más fácil se arma escándalo.
Lo más cansador es que ya casi no sorprende. Se repite el mismo montaje con distinta cara. Cambia el nombre, cambia el cargo, cambia la frase. No cambia el método. Primero el ruido chico. Después la medida grande. Por ahí entra la lectura.
Mientras corrigen la palabra, el texto sigue avanzando. Y eso no es casualidad.
Raro que todavía suena humano, pero así funciona la distracción: hace reír arriba y aprieta abajo.
Nariz falsa y golpe seco: que el discurso haga un turno real: sacarla a hacer fila con la gente que nombró. Después un megáfono con pilas malas revisa la salida. Si se ríen, que sea con la culpa en la mano.

Nariz falsa y golpe seco: que el discurso haga un turno real: sacarla a hacer fila con la gente que nombró. Después un megáfono con pilas malas revisa la salida. Si se ríen, que sea con la culpa en la mano.
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