La verdura amaneció cara otra vez. No es noticia. Es rutina con olor a cilantro y cara de multa.
La lechuga sube, el tomate sube, el ají sube. Todo sube con una disciplina admirable. En cambio, los sueldos siguen ahí abajo, mirando el precio desde la vereda de enfrente. La economía doméstica, esa gran escuela de administración del fracaso, aprende rápido: se compra menos, se cocina peor y se llama “ajuste” a lo que antes se nombraba como apretura.
En Chile, hasta el mercado parece entender la lógica política mejor que sus voceros. Hay alzas que se anuncian como si fueran meteorología. Nadie las decide, todos las administran, y al final alguien las paga. Siempre el mismo alguien. El consumidor aparece como cifra; la vendedora, como testigo; el poder, como una mano invisible que nunca carga cajas.
Hay algo más serio que la molestia. El alza sostenida desordena la vida común. Cambia el menú, sí. Pero también cambia el humor, la conversación y la idea de que el día puede cerrarse sin cálculo. La inflación en verduras no solo toca el bolsillo. Toca la dignidad mínima de elegir sin hacer aritmética moral frente al kilo de papas.
Cuando el precio de lo básico sube sin pausa, la política deja de parecer un debate de ideas y empieza a verse como una administración elegante de la escasez.
El mercado tiene esa franqueza brutal que a veces le falta al Estado. No promete alivio. No hace pedagogía. Cobra y sigue. Tal vez por eso resulta tan útil como espejo: muestra que la normalidad chilena ya se acostumbró a vivir en una pendiente, con la certeza de que mañana costará un poco más respirar, comer y fingir calma. Lo inquietante no es solo que todo suba. Es que ya casi nadie actúa como si eso exigiera explicación.
Que sea simple, sin ceremonia: tomar lo de feria / sube como cosa física, amarrarlo a un megáfono con pilas malas y aplicar lo mínimo: ponerle una boleta vencida debajo del vaso. Lo raro es que algo tan chico incomode tanto.

Que sea simple, sin ceremonia: tomar lo de feria / sube como cosa física, amarrarlo a un megáfono con pilas malas y aplicar lo mínimo: ponerle una boleta vencida debajo del vaso. Lo raro es que algo tan chico incomode tanto.
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