El teletrabajo llegó con lenguaje de avance y modales de solución. Menos traslado, más vida, más tiempo. Qué maravilla. Luego vino la cuenta, como casi siempre. No solo se trabaja desde la casa. También se trabaja con la casa puesta: luz, internet, silla, silencio, espacio, y esa atención que antes parecía un derecho y ahora se ofrece como si fuera cortesía.
La escena es conocida. La empresa conserva la productividad. La persona conserva el cansancio. Entre ambos queda una zona gris donde nadie dice que el puesto de trabajo se extendió hasta el comedor, pero todos actúan como si eso fuera una mejora natural. La vieja oficina tenía paredes; el teletrabajo tiene excusas. Y en política, cuando una frontera se borra, casi nunca es por generosidad.
La discusión no es técnica. Es social. Porque cuando el costo se traslada al hogar, también se traslada la obediencia. Quien paga parte del trabajo desde su bolsillo aprende pronto a agradecer la oportunidad. Es una pedagogía silenciosa: el salario llega entero en el papel, pero no en la experiencia. Siempre falta algo. Un gasto menor. Un tiempo robado. Una incomodidad que nadie registra porque no aparece en la planilla.
La gracia del teletrabajo es esa: vendió autonomía y dejó administración de pérdidas. En nombre de la flexibilidad, se normalizó una forma elegante de descargar costos sobre la vida privada. Y como ocurre con tantas cosas en este país, la solución se anunció como modernización, cuando en realidad era una mudanza del problema.
Hay una pregunta que queda flotando, incómoda, casi doméstica: si el trabajo entra a la casa, ¿por qué la cuenta sigue siendo solo de la casa?

Cuando el trabajo se vuelve invisible, también se vuelve más fácil hacer invisible su costo.
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